(Extracto primero)

Exánimes algunas de Ígitur, que buscan en el más allá del azar lo que en infinitos renacen como encuentros. El infinito, ¡oh absoluto añorado! Cuán tristes las pátinas replegadas en el incierto que anhela certeza, cual libertina contingencia del liviano tirar de dados. Al unísono de solitarios poetas deshuesados, a la querencia incierta de las fortuitas indagas del encantamiento, allá donde reverberan los espacios aleatorios de los orbes fatuos, graciosamente alocados, en destemplada mueca estridente y desvelada, que rehúsa avenencias, halagada en permanente desabrimiento. Disfraz festivo, felicidad postiza de la nada espantada. Nada que no es nada. Dicho sea de paso: liviandad arrolladora que, acomodaticia para el infierno execrable, respira en los abismos, como quisiese no-ser, aspirando a estar muerta. Instante breve, muerta está la nada en aquellos que la imaginaron. Viva está la nada, para aquellos que creen en ella. Muerte y vida, a nada se acercan, por eso reconocen el negro.

Todo color en luz pinta en la noche. Y la noche desvela lo que en sueños se percibe en tinieblas, luciendo engreída la ignorancia inédita. Es el dolor que se amontona en las altas cúspides de los hondos de las escaleras. Y se pierde, claro. No es su voluntad, pero el engaño persiste y lo arranca de su presente colorido. Noche, invierno, desvelo que arremete desde adentro lo que ve; y conforma, no queriendo, ya lo dijimos, el imborrable absurdo del sufrimiento primero. ¡Vaya ahogo! ¡Endiablada ausencia de aire! ¡Qué respirar que no llega!

El derrumbe acaece “amortiguado el temblor en el olvido”, haciéndose no sólo breve sino concluyente, por irresolución; amigo absoluto, así lo piensa Ígitur en la medianoche. Insólito parecer los alucines de yos narcotizados, frondas dormidas en la existencia licenciosa que suplica a la sombra revelaciones inertes del esperado encuentro. ¡Absoluto! Grita y llora. Desesperada carrera de los avernos caóticos, indefinidos, in-calculados. Aúllan hambrientos de algo y vanaglorian su escasez, desesperados esos ciegos por no ver, que tristemente alzan su invalidez a lo absoluto... ¿Qué más quieren saber? ¿Por qué inventar lo que no es? Afanosa afonía, desdén in-venturoso. Claridad es claridad, y solo ciega en aquellos ojos que no la ven.

En secreto, para que no se enteren de sopetón los de la noche y no se marchiten en sus convicciones, murmuro a los oídos de los que deseen escuchar, que alrededor de la sepultura dorada de la noche hay también absurdos ojos que iluminan activistas lo que es noche. Más ciegos que ver en el mundo de los ciegos. Cansinos empecines de distinguir lo que no es. Si no se puede, entonces ¿qué ver?, preguntan los clarividentes de la oscuridad. No teman ellos por la falta de claridad, que en el mundo de la noche, la luz yace sobre la hierba del descanso. Se mece a ritmo suave, como apacibles sedas que se deslizan sobre la piel, en el suceder de notas tenues, casi imperceptibles. Un poco de silencio, por favor, que queremos oler el suave perfume de la noche oscura que no ve la negrura.

Pero solo un poco, no conviene esquivar el tema a favor de mi carraspera de sutiles, aún no en mi arrojo, Ígitur barrunta irisado la doble camisa de lo que es claro. No desea absurdos, ni avenencias groseras. Es un respeto medido, encomiable. ¡Asombroso! Me fortalezco. Y es que la pasmosa claridad que interrumpe, brillante y estropajosa, quita empeño a lo sereno. Comprendo las ataduras de lo que deslumbra, de la iluminosis de las sonrisas fingidas, de aquella, ya vieja, dolencia de bienestares de metal.

Teme al azar, aunque extraña. Se fortalece en su duelo. La nada, ¡oh terco espejismo! Descuella la esperanza sobre cimientos de aire, celestes columnas de divinos olvidados, libres y desenfados. Emancipados. Respira, desde fuera de palacio, excelentes unificados, estrellas de liviano cristal. Más aún no se palpan los materiales, el aire espera, se eleva y baja, se espesa y lacia. A veces se entierra y los esmerados poéticos, sutiles y silenciosos, enriquecen lo casual. Otras, desvanecidos en su tránsito por la corriente pierden su hálito y desaparecen. El recuerdo y el olvido, la presencia y la ausencia, la alegría y la tristeza. Apacible o huraño. Muecas o defunción. Miro antes de enmudecer, y la tierra, un día, simula aire y despierta. Alivia su muerte. Y lo de atrás corre adelante mientras aire también expira. Desvelos, inquietudes. Pido descanso y no para, como una rueda. Aire y tierra ¿Dónde estoy? ¿Dónde estáis? ¿Por qué os vais cuando llegáis? Permitidme regocijo un poco antes de la tormenta.

Poco a poco, asoma el breve silencio vacío en la noche de nieve.

En razón, enaltece el pensamiento que Ígitur, anacoreta enaltecido, desvela en su mundo propio, en la soledad candente que aspira al gran encuentro. Y llegan los vínculos, las sujeciones que se estremecen y sonríen en serenas sobremesas, conmovidos diálogos que pronto se desvanecen. Tan frágiles. La muerte siempre esperada de Ígitur misántropo, la que solo se ennoblece en lo que, en este doloroso acá, no está. Anhela, a cada paso, el más allá de la nada, como un simulacro con destellos de neón, que se sumerge en las apariencias inútiles y que dimiten de su cargo divino esperando parlamentos desde el otro lado. ¡Qué quiebro loco! Prestancia la de Ígitur, ya queda suspendida la rueda y abandonada al olvido de sus estirpes de sombras. Está bien, yo también me abandono,


Id entonces primero,

que yo ya espero.

Me quedo aquí,

en soplo dilatado,

al amparo

del día nublado.

Tan bienaventurado…

Del verso dispenso

sus molestias,

sus baladas y desvíos,

del azar propio.

Sin lágrimas quisiera.

Con templadas pasiones,

Junto a griseadas negruras.

En una tirada de dados:

Pensamiento suspendido,

sin castigo mejor complaciera,

ni sangre,

ni extrañas muertes.


(Extracto segundo)

El fino cristal ensimismado, con las mímesis crepusculares de sus pinceles sensoriales, abandonan las melodías de lo indefinido. No gustan, dicen en razón. Y es en razón que tienen, en verdad fijada, la pureza de un ridículo. Un vaso relleno, montante y crujiente que ahueca los sentidos que se bofan sobre las mantas pesadas del viejo pesar, que gira y apunta quimeras. Y se estropean en la línea gruesa de sus evidencias. Tristes son las travesías, balbucean en el montante. ¡Huída inmediata! Se arrojan arrebatados los subjetivos alocados y desmembrados de la verdadera noche. Me estremezco de nuevo sobre los algodones de plata de aquellos espíritus de gigantes y castillos. Tiemblo, el pueblo no está. Sólo vislumbro miríadas principescas de avenencias perniciosas de buscadores de grandes vuelos. De altos precipicios de oro, de malaventurados que increpan. Un día el pastor me reveló que no quiere perros porque, como el lobo, también come ovejas; igual que los políticos, continuaba lozano a la vez que yo le observaba su cabello, que punteaba al cielo loco de frío y viento, que aún en perpetuado altercado, almuerzan siempre juntos, y de lo mismo. El pastor no quiere perros, y yo le comprendo, es mansa la vida de la oveja.

Los filántropos de la sola idea creen que ésta se pierde en los remansos; ¡oh bendecida locura del ahora azar añorado! ¡Qué espanto lo perdurable! ¡Sacra la salvación recordada que no obliga! O quizás, en nuestro constante volcar: ¡Lamentos de estrellas que nos descubren lo mucho que llevan de sí cuando son actos! La balada nunca es olvidada, descansa porque añora sosiego y simplemente se agita porque precisa sonreír. La eternidad con su cielo y sus absolutos, y el azar, acompañado de sus tierras y su mundanidad, no desean confundir a nadie, aún malgastándose en sus usos, se contradicen, amables quisiéramos, en el juego, supuestamente absurdo, de todos aquellos que vivimos.

(...)


Juan Benítez Jamchen
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